Pues sí, un buen día uno se da cuenta que pedir ayuda cuando uno tiene un problema no es lo suyo... ¡¡malas costumbres las mías!! pensaría el fulano. Pero lo peor de eso, es que cuando pide ayuda (y no lo suele hacer, que Fulano es autosuficiente) tal vez la gente no responda de la manera que él espera o esperaría cualquier hijo de vecino (que somos todos, porque todos tenemos vecinos, aunque no todos ellos tengan hijos): acudiendo. Hijo (de vecino), es que eres tan independiente, se excusan algunas voces, otras callan para no meter más la pata, y pronto, los días y las noches se suceden y todo parece como si nunca hubiese pasado nada, regresa esa (a)normalidad. Vuelve la independencia de la gente que a uno le rodea y uno termina dándose cuenta que el mundo gira, para él y para su ombligo (y para todo hijo de vecino, además).
Yo que miraba desde lo alto de las cimas me he sentido en la sima más oscura, y quizás he pecado. He sido débil y he pedido ayuda, me he tragado la soberbia de la que hago gala con cierta gula y, tras ello, me ha recorrido el cuerpo una sensación plancentera cercana a la lujuria, yo que pensaba de mi que jamás exceso avaricioso podia tener, hoy, me he dado cuenta que nada más lejos y me he sentido tan airada que creo que algo se ha roto dentro de mi. Ha sido entonces cuando he sentido cierta envidia de ver lo que no tengo (y creía tener) y mi ánimo se ha llenado de acídia.
De hecho, hace tiempo lancé un órdago, que se ha debido tomar como farol. Es triste. Pero bueno, es lo que hay, yo ya me he puesto a buscar gente afín a mi.
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