La resonancia magnética
Todo se movió, sobre la cabeza una especie de jaula y de pronto todo quedó dentro de un tubo igual de blanco que el resto de la habitación. El ruido era fuerte y el tubo sólo tenía un palmo más de altura sobre su cara. Cerró los ojos. 40 minutos ahí metida. Mucho tiempo. 40 minutos sin hacer nada. Sólo pensar.
Una imagen cruzó su cabeza. Algo hizo que se despertara en ella un recuerdo joven de su memoria. Rememoró la noche anterior, suaves susurros al oído y gemidos que no terminaban de oírse. No suelo ser escandalosa y Me gustas mucho repicaron en sus oídos. Sonrió. Huy... debía no moverse, borró la sonrisa de su cara pero siguió sonriendo por dentro.
Poco a poco el ruido ensordecedor se convirtió en música cíclica, con cadencia, fuerza y potencia... se notó a si misma con cierta sensación de ingravidez, casi flotando en el agua, mecida por las suaves olas del mar, un mar gigantesco y azul reverberante por todos lados y, sobre ella, un cielo lleno de estrellas aunque fuese de día. Sintió placidez, calma. No existía nada más allá del sol enrabietado, las estrellas luminosas y las aguas inmensas de un azul infinito.
Y el ruido paró. Salió del tubo blanco. Ya quedaba menos. Pronto conocería resultados. Pronto sabría algo. Sonrió acordándose del azul infinito.
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