¡Auuuh! ¡Auuuuh! Se oía a lo lejos en el bosque. El cazador se aproximó... ¡auuuh...! seguía escuchando, la luz tililante del fuego de la chimenea se reflejaba en el exterior de la casa. Un último aullido antes de un golpe seco y unas risas infantiles. Se asomó por la ventana y vió a Caperucita y a la abuela cortando trozos de carne magra. ¡Qué bien! -pensó para sí el cazador- ¡al día siguiente comería el delicioso estofado de la abuelita!
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